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Ser “político profesional”: el arte de simular y sobrevivir

¿Qué significa realmente ser un político profesional? La palabra que despierta la desconfianza en México.

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«Casi todos los hombres mueren de sus remedios, no de sus enfermedades».
Molière, (El enfermo imaginario)

¿Qué pasa por nuestra mente cuando escuchamos a un aspirante o gobernante asegurar, con total soltura y solemnidad, que él es un «político profesional»?

La frase no es menor. En el México de hoy, escuchar ese término enciende de inmediato las alarmas de la sospecha. Provoca una profunda contradicción porque la profesión política está tan venida a menos, que la idea automatizada que tenemos de un político es la de un farsante que domina el arte de la simulación. Al verlo operar, es imposible no remitirse a la gran comedia del arte o a las mejores páginas de Jean-Baptiste Poquelin, Molière.

Pensemos, por ejemplo, en “El médico a palos”.  En esa obra brillante, un simple leñador es confundido por los demás con un médico eminente; al darse cuenta del error y de los beneficios del engaño, decide adoptar el personaje, inventar un latín inexistente y cobrar jugosas sumas por recetar remedios absurdos. En nuestro escenario electoral actual, adelantado y estridente, presenciamos el mismo fenómeno: personajes (sean del partido que sean) que se colocan la máscara del «político profesional», ensayan discursos vacíos y recetan fórmulas mágicas para el país, mientras el público aplaude el disfraz sin cuestionar el oficio real de quien lo porta.

Hoy que las maquinarias de posicionamiento se activan con fuerza, la profesionalización se ha pervertido para transformarse en el arte de la pura supervivencia. Profesional hoy parece ser el que, al estilo de “El burgués gentilhombre”, paga fortunas a asesores de imagen para que le enseñen a impostar una cercanía y una sofisticación que no posee, con el único fin de pertenecer a la corte del presupuesto y mudar de piel o de partido según sople el viento, el vil y deleznable “chapulineo”, pues.

Ante este gran teatro, la respuesta ciudadana ha caído en una trampa peligrosa. Creemos que ejercemos la democracia únicamente con el trámite mecánico de acudir a las urnas cada tres o seis años; somos espectadores pasivos que asisten a la función, pero nos da una pereza tremenda analizar a las figuras que están en el escenario. Difícilmente nos detenemos a revisar sus trayectorias o su congruencia. Nos resulta mucho más cómodo sentenciar desde la comodidad de la butaca que «todos son unos sin quehacer al cien por ciento», y usar ese juicio absoluto como un escudo para justificar nuestra propia apatía.

Esa deshumanización generalizada y el sesgo de que «todos son iguales» no es un acto de rebeldía; es el mejor favor que le podemos hacer a los peores actores. Al meter a todos en el mismo saco, anulamos nuestra propia capacidad de discernir y de exigir. Le entregamos a la clase política un cheque en blanco firmado por nuestra indiferencia.

El político astuto sabe perfectamente que si el electorado no analiza la obra ni vigila el día después del estreno, su único deber real es verse bien en el cartel de campaña y perfeccionar la comedia.

​Así que, el reducir la democracia al pulgar entintado es condenarnos al ciclo perpetuo del desencanto. Si como sociedad no activamos un filtro crítico que baje a los aspirantes de sus escenarios diseñados para confrontarlos con la viabilidad técnica y moral de sus proyectos, seguiremos siendo los patrocinadores de nuestra propia desgracia.

Al final, corremos el riesgo de emular al mismísimo Monsieur Jourdain de El burgués gentilhombre, quien se maravillaba al descubrir que había estado hablando en prosa toda su vida sin saberlo; solo que aquí, el desencanto es al revés: corremos el riesgo de despertar mañana para darnos cuenta de que nuestra tragedia nacional fue, en realidad, una comedia escrita por nosotros mismos a fuerza de pura indiferencia. La función continúa, y el precio del boleto sigue siendo nuestra propia distracción y acabose permanente de nuestro valor democrático y en ello, nuestro crecimiento como nación.

Hasta la próxima.

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