En un inusual arranque de franqueza institucional —o de simple desatino—, la secretaria de Turismo en el Estado, Yolanda Josefina Cepeda Echavarría externó ante un grupo de reporteros su preocupación por la pobre asistencia registrada en la Feria Nacional Potosina. Que la responsable de vender la fiesta grande hacia afuera sea quien reconozca que las cuentas no cuadran a más de la mitad del evento no es un dato menor: es el termómetro oficial de un fracaso de convocatoria que ya no admite maquillaje propagandístico.
La inquietud que hoy quita el sueño en los escritorios de Turismo tiene explicaciones relativamente simples. Cepeda Echavarría se topó de frente con una realidad que la dependencia debió anticipar: la gratuidad en el acceso es un gancho tramposo que muere en cuanto el visitante pisa el recinto. Acudir a la Fenapo se volvió prohibitivo para el bolsillo de la clase trabajadora, sometida a tarifas asfixiantes en comida, bebida y vida nocturna que convirtieron un paseo familiar en una sangría económica injustificable. La gente no dejó de ir por falta de ganas, sino porque las finanzas domésticas no están para financiar abusos tolerados.
Detrás del desconcierto de la funcionaria subyace también el cobro de viejas facturas. Turismo resiente ahora la resaca de años de logística desastrosa, donde la saturación extrema, las filas interminables y el maltrato al público fueron celebrados como sinónimo de éxito. La ciudadanía aprendió el costo de ese caos y decidió romper el ciclo; el desinterés actual es la respuesta calculada de una sociedad que se rehúsa a pagar caro para padecer empujones e incomodidad.
La alarma de la secretaria choca además contra la sombra constante del Patronato de la feria. Los señalamientos por opacidad, asignaciones dudosas y presuntas irregularidades terminaron por sepultar la poca confianza social en el evento. Pretender que la población respalde con su presencia una fiesta rodeada de sospechas de corrupción comercial resulta, por decir lo menos, ingenuo.
La ciudadanía —históricamente escéptica ante cualquier administración— terminó por confirmar la sospecha: la llamada «fiesta más grande del verano» dejó de pertenecerle a las y los potosinos para convertirse en el negocio privado de unos cuantos, con el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, su familia y su círculo más cercano como los principales beneficiarios en cada rincón del recinto ferial.
La preocupación que hoy embarga a la secretaria de Turismo debería escalar a toda la estructura gubernamental. Los pasillos cada día menos poblados de la Fenapo confirman el agotamiento del espectáculo masivo como anestesia social. La gente desairó el recinto ferial porque entendió el truco: el circo no paga las pensiones del estado, no detiene la inseguridad ni las carencias cotidianas del estado. Yolanda Josefina Cepeda mira con angustia las gradas semivacías, pero el mensaje de fondo es mucho más rotundo que una mala temporada turística; es el veredicto de un público que simplemente se cansó de comprar distracciones.





