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La SECULT gallardista: La herencia maldita sobre la cultura y las artes del fin de sexenio

Análisis sobre la gestión de la SECULT en San Luis Potosí: el viraje hacia el espectáculo, el abandono de recintos clave y el impacto en la política cultural.

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«Los derechos culturales son parte integral de los derechos humanos, que son universales, indivisibles e interdependientes.» —
Declaración Universal de la UNESCO sobre la Diversidad Cultural

¿Cómo podemos hablar de cultura cuando no es posible ni siquiera diseñar una política cultural que sea congruente con lo que requiere la sociedad hoy en día? ¿Qué destino le espera a la memoria de un estado cuando la gestión pública se reduce a una vitrina de entretenimiento y propaganda?

Estas preguntas resuenan al examinar el paso de la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí durante un sexenio que navegó a través de tres titulares —Elizabeth Torres, Mario García Valdés y el actual Juan Carlos Cedillo Torres—, en el cual los tres hicieron uno solo: llegaron bajo la prerrogativa de vigilar y administrar los recursos para ponderar un proyecto político centrado exclusivamente en el espectáculo del gallardismo, lejos de cualquier noción de política cultural profunda.

El ejemplo más claro de esta simulación se observa en el despliegue del Festival Xantolo. Si bien su expansión hacia distintos rincones del estado y zonas aledañas contribuyó a difundir esta fiesta de la Huasteca Potosina, en la práctica derivó en un profundo desvirtuamiento del fenómeno, reduciéndolo a un jolgorio turístico y vaciándolo de su dimensión como ritual comunitario e identitario.

De igual manera, festivales como la “Navidad Verde”, sirvieron para colocar formalmente a artistas locales, pero terminaron subordinados a la espectacularidad superficial por encima de la sustancia cultural. A esto se sumó la promoción de carísimos torneos y muestras de charrería nacidos del capricho oficial, cuyos reflectores y galardones terminaron concentrándose curiosamente en los equipos patrocinados por el propio mandatario, evidenciando el uso faccioso de los recursos públicos.

La cúspide de esta visión mercantilista fue la FENAPO, convertida en la indiscutible «joya de la corona» del sexenio de Ricardo Gallardo Cardona. Los gastos ostentosos destinados al escaparate ferial dejaron sin recursos tanto a las oficinas centrales de la dependencia como al resto de los espacios culturales de San Luis Potosí así como a varias otras dependencias estatales. Mientras la capital sufría este abandono financiero y operativo, el interior del estado sucumbía ante una inoperancia total y una carencia absoluta de apoyos, coronada por la construcción de obras faraónicas de espectáculos que absorbieron el erario público —como el enfrentamiento directo y la opaca competencia generada desde el poder contra recintos ya establecidos como El Domo, evidenciado en la imposición y despliegue de la Arena Potosí—.

Esa misma vacuidad institucional quedó expuesta en el quinto informe de gobierno, donde el mandatario estatal se limitó a no decir nada nuevo, presumiendo como grandes logros propios apoyos, convocatorias, premios y reconocimientos que son de estricta obligatoriedad legal para los niveles estatal y federal. En este escaparate oficial, el «sector cultural» se vio «representado» por una pasarela de influencers y artistas en boga —muchos de ellos programados con frecuencia en la FENAPO y en eventos gubernamentales al amparo de la amistad directa con el poder y el consiguiente dispendio de recursos públicos—, figuras que distan mucho de construir un auténtico proyecto cultural y que se reducen a expresiones de una cultura de masas, muy lejana a las verdaderas necesidades de la comunidad artística.

A este panorama se suma el abandono sistemático de la infraestructura heredada de administraciones pasadas —etiquetadas despectivamente por el discurso oficial como la «herencia maldita» de gobiernos como los de Fernando Silva Nieto o Marcelo de los Santos Fraga. Espacios emblemáticos como el Museo Federico Silva, Centro de las Artes y el Museo Laberinto de las Ciencias y las Artes, estos dos últimos, dejados virtualmente a la deriva, operados en muchos casos por directivos carentes de capacidad y conocimientos, cuyos nombramientos han servido más para oprimir y violentar al personal existente que para detonar creatividad.

Sin embargo, frente al colapso institucional y al desinterés de una SECULT completamente anímica, destruida y derruida desde sus cúpulas, hay excepciones que merecen reconocimiento. Existen valiosos trabajadores y un muy reducido grupo de directivos que, resistiendo ante la opresión y el acoso administrativo, han logrado subsistir tratando de mantener la dignidad de los recintos. Con los mínimos recursos posibles —gestionados muchas veces por vías alternas o fuera de las estructuras oficiales—, este sector de resistencia mantiene vivo el latido cultural que el gobierno del estado ha querido apagar.

Contrasta dolorosamente este desdén con los compromisos formales que establece el marco normativo de la entidad. La Ley de Cultura para el Estado y Municipios de San Luis Potosí estipula claramente la obligación gubernamental de garantizar el desarrollo cultural distributivo, equitativo y plural, así como asegurar el buen funcionamiento y la operación de los espacios culturales, prohibiendo cualquier forma de censura o coacción institucional.

Conforme avanza el tramo final del sexenio, el temor a crecientes despidos merma y presiona aún más a un funcionariado cultural que ya vislumbra cómo la recta final de la administración y los movimientos de la Secretaría se orientan a apuntalar la próxima sucesión gubernamental. Esta situación amenaza con incrementar la crisis y agravar las ya paupérrimas condiciones de trabajo en el sector.

Al final lo que vemos con mas claridad que nunca, es que la verdadera «herencia maldita» no fue aquello que se enunció a simple voz en los discursos de descalificación política; la herencia maldita es la prueba palpable de un trabajo no realizado, del vacío profundo en las políticas públicas y del abandono de una ciudadanía que merecía crecer desde el centro vivo de su cultura.

 Las acciones y el abandono de la cultura en San Luis Potosí por el gobierno gallardista en este ya perdido sexenio, hablaron por sí mismos, dejando perder una oportunidad histórica que tardará, sin duda alguna, muchos, muchos años en poder sanarse.

Hasta la próxima.

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