Nadie duda de la experiencia y sapiencia que algunos de los protagonistas de la política potosina tienen. Unos más, otras menos; moderados unos, desenfrenados otros; inteligentes unos, imprudentes otras.
Lo que si ha quedado claro en los últimos meses es que, frente a otros y otras, el alcalde capitalino Enrique Galindo entiende perfectamente que la política no es ni debe ser personal y menos ofensiva y corriente.
Los niveles en los que se ha movido en lo nacional e internacional le han dado esas virtudes; defectos que sus contrarios no solamente demuestran, sino que hasta gozan de aflorarlos para coronarse como el “niño golpeador” de la escuela, «El temido».
Galindo volvió a confirmar su nivel y su clase política reiterando su “antigallardismo”.
Aclaró que no se trata de ir contra el apellido -respetable como todos los nombres; que uno no lo respete es cuestión de cada quien-, sino contra lo que los mismos Gallardo Juarez, Gallardo Cardona y González Silva han construido con su propio apellido: una política social basada con la baratera compra de «voluntades despenseras”, un vergonzoso abanico de ofensivos señalamientos a sus detractores y, el punto central del “antigallardismo” galindista, una pretendida continuidad de gobierno que descansa en la vulgar idea nepotista, monárquica y hereditaria de que el Gobernador corone a su esposa.
Padre e hijo lo hicieron en Soledad. Saben y les gusta la “idea”.
Galindo fue contundente: “El movimiento puede ser “antigallardista” o “antinepotista”. No es nada personal. No estoy de acuerdo con el nepotismo y no estoy de acuerdo con que una familia gobierne San Luis”. O sea, pónganle la denominación que quiera a la bandera de Galindo.
Pero en tiempos políticos es mejor saber a andar preguntando, déjelo así y se ahorra el bochorno: El “antigallardismo” Galindista.





