En la comedia de enredos que suele ser la política potosina, los papeles se intercambian con una facilidad que desafía cualquier lógica ideológica. El acto más reciente lo protagoniza el diputado Carlos Arreola, quien, portando la camiseta guinda y presumiendo investidura legislativa, decidió subirse al estrado mediático para disparar metralla verbal contra el alcalde capitalino Enrique Galindo.
El guion no tendría nada de extraordinario de no ser por un detalle: las líneas del legislador parecen dictadas, punto por coma, desde el despacho más encumbrado del Partido Verde. En un giro digno del teatro del absurdo, el presunto opositor morenista ha terminado ejerciendo como el más entusiasta defensor de oficio del gallardismo.
Arreola se rasga las vestiduras denunciando supuestas maniobras electoreras del alcalde en la Huasteca y desempolvando el gastado comodín retórico de la ultraderecha. Habla de pactos oscuros, de traiciones pasadas y de cómo la oposición tradicional urdió artimañas para frenar a Morena en el Senado. Sin embargo, en ese arrebato de indignación prefabricada, al diputado lo traiciona una memoria sumamente selectiva, de esas que solo florecen cuando conviene no incomodar al poder estatal.
Al combativo, —cuando quiere— tribuno se le olvida un dato elemental que cualquier aficionado a la política potosina tiene fresco en la retina: no fue la oposición municipal quien dinamitó la alianza de Morena en la contienda federal por el Senado, sino el propio gobernador Ricardo Gallardo Cardona.
Fue la maquinaria del Palacio de Gobierno la que empujó la fractura, la que operó el divorcio entre el Verde y Morena para jugar en pistas separadas y, de paso, garantizar que la candidatura de Rita Ozalia Rodríguez terminara asfixiada y fuera de la Cámara Alta. Aquel plan no nació en los círculos panistas ni en la oficina de Galindo; fue orquestado con precisión milimétrica desde las entrañas del gallardismo para preservar el control absoluto del territorio y mandar el mensaje de quién manda realmente en San Luis.
Resulta irónico, por decir lo menos, ver hoy a un cuadro morenista salir a comprar pleitos ajenos y a blindar el relato de la franquicia verde con tanta devoción. Mientras el oficialismo estatal observa cómo sus adversarios naturales comienzan a caminar el interior del estado rumbo al 2027, el trabajo sucio del golpeteo no lo hace un vocero ecologista, sino un diputado de la supuesta izquierda transformadora que confunde la «alianza legislativa» con la obediencia, tal vez por conveniencia, al régimen local.
El servilismo político siempre cobra factura, sobre todo cuando se ejerce gratis o a cambio de palmaditas en la espalda. Carlos Arreola cree erigirse en guardián de la pureza electoral y de los principios de su movimiento, pero en la práctica sólo confirma su papel en un escenario donde los verdaderos beneficiarios visten de verde.
Tragar sapos en tribuna nunca ha sido un espectáculo digno, y hasta se puede decir que es parte del arte de hacer política, pero tragárselos mientras se aplaude al verdugo de su propio partido raya en lo indigno.





