«La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir».
— Milan Kundera
En la Huasteca Potosina, el Xantolo —del latín Sanctorum y fusionado con el término tének K’aladh Anom o el náhuatl Mikkailwitl— no es una pasarela turística ni una verbena de altavoces retumbantes. Es la apertura del tiempo sagrado. Entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, para las comunidades indígenas de municipios como Aquismón, Tanlajás, San Martín Chalchicuautla y Coxcatlán, la frontera entre el Tlalticpac y el Mictlán desaparece.
El arco de cempoalxóchitl y bojól funciona como umbral cósmico y las danzas de las comparsas de huehues —enmascarados con rostros de madera tallada para engañar a la Muerte (Tzitzimitl)— no constituyen un disfraz festivo, sino un acto de posesión y protección mística donde los vivos prestan su cuerpo para que los ancestros retornen a nutrirse del aroma del copal y la esencia del patlache.
Esta vivencia encaja con el diagnóstico del sociólogo francés Guy Debord en La sociedad del espectáculo sobre la transformación del espacio ritual vivo en una mercancía visual donde «todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación». La «gallardía», al arrancar el Xantolo de su matriz comunitaria para imponerlo como el desfile masivo «Xantolo en Tu Ciudad» en la capital potosina y diversos municipios, le extirpó la memoria.
Sustituyeron el silencio sagrado, la colectividad y el culto a los muertos por carros alegóricos al estilo Hollywood o la estética del desfile del Día de Muertos importado del cine, acompañados de música tropical, consumo desmedido de alcohol y escenografías de plástico. Redujeron así una cosmogonía ancestral a un jolgorio efectista de consumo rápido, diseñado para la foto institucional y la rentabilidad del marketing político.
Esta misma pulsión por convertir la tradición en trofeo privado se trasladó al deporte nacional dentro de la megaobra de la Arena Potosí, un espacio cuya construcción ha estado rodeada de opacidad presupuestal. Ahí se escenificó el Congreso y Campeonato Nacional Charro, certamen en el que el escuadrón Charros RG2 —equipo de propiedad y patrocinio directo de la familia del gobernador Ricardo Gallardo Cardona— se coronó triunfador en la categoría «AAA», acumulando tres títulos nacionales prácticamente consecutivos (2023, 2024 y 2026) disputados en territorio potosino. Lo que históricamente se concibió como una disciplina de caballerosidad, valor y técnica de campo pasó a ser objeto de franca sospecha y desconfianza en la comunidad charra del país.
El fichaje de figuras de élite a costos millonarios financiado con proximidad al poder estatal, sumado a las persistentes críticas sobre arbitrajes favorables y la imposición sistemática de San Luis Potosí como sede permanente del campeonato, le han arrebatado la mística al certamen. La charrería quedó reducida al chiste local del oficialismo, donde el honor del lienzo cedió su lugar a la certidumbre de que el trofeo debe quedarse en las vitrinas de Palacio de Gobierno.
Por otro lado, el verdadero estrago de la política cultural del sexenio habita en el desmantelamiento de las instituciones formadoras de la entidad. El Centro de las Artes de San Luis Potosí (CEART), concebido en la antigua penitenciaría potosina como un espacio de alto nivel para la producción, investigación y profesionalización de los creadores artísticos del estado y del país, fue rebajado por la Secretaría de Cultura a una atracción comercial de «Casa del Terror» estilo parque de diversiones para el cobro de entradas en temporadas festivas.
Esto ocurre mientras la planta docente enfrenta una severa precariedad laboral: sin certeza en sus contrataciones e impulsados a cumplir cuotas de alumnos con tarifas elevadas para autofinanciar talleres que el Estado ha dejado de sostener.
A esto se suma la situación del Museo Laberinto de las Ciencias y las Artes, un complejo arquitectónico de vanguardia diseñado por el arquitecto Ricardo Legorreta y emblemático en la divulgación científica y artística de la región. Hoy es víctima de una narrativa de abandono inducido tras el anuncio del gobernador de transformarlo en un «acuario», bajo el argumento de un supuesto descuido del inmueble. Sin embargo, personal del sector cultural y trabajadores del propio museo confirman que dicho deterioro es el resultado directo del estrangulamiento presupuestal ejecutado por la propia administración.
El diagnóstico de este colapso cultural apunta al desvío desproporcionado de los recursos del ramo hacia la Feria Nacional Potosina (FENAPO). Convertida en el instrumento principal de clientelismo y promoción política del Ejecutivo mediante conciertos masivos gratuitos, la FENAPO absorbe los presupuestos operativos destinados al mantenimiento de museos, teatros, galerías y fondos de apoyo a creadores independientes.
Esta sustitución de la política pública por el estruendo festivo evoca los parajes de El Llano en llamas de Juan Rulfo —particularmente cuentos como «El día del derrumbe»—, donde la autoridad caciquil organiza comilonas, cohetes y discursos huecos para disimular la desolación de un pueblo abandonado a su suerte; una dinámica que empalma con la crítica de Carlos Monsiváis a la cultura del «espectáculo de Estado», donde la pirotecnia masiva busca anestesiar la conciencia social y enmascarar la falta de proyecto institucional.
En el San Luis Potosí de hoy, mientras los centros de formación artística se degradan en pasajes del terror, los museos de vanguardia son amenazados con ocurrencias acuáticas y la charrería se dobla ante el capricho del mandatario, la cultura ha sido despojada de su naturaleza como derecho humano y bien colectivo.
Lo que enfrentamos no es un mero descuido administrativo, sino un atentado sistemático contra la identidad e inteligencia potosina: la reducción de las artes a la categoría de circo privado para alimentar la megalomanía de un gobernador que confunde el presupuesto público con su cartelera personal de entretenimiento.
De la comunidad artística y la ciudadanía depende, que el horror cultural gallardista no siga perpetuándose.
Hasta la proxima.





