La política de la espectacularidad suele traicionar a sus propios directores de escena. Durante la pomposa celebración por los 20 años de la llamada “Gallardía”, el guion diseñado para el autoelogio y la demostración de músculo terminó convertido en un involuntario spot publicitario para la oposición.
El gran protagonista de la jornada no fue el legado festejado, sino el alcalde capitalino Enrique Galindo Ceballos, cuya omnipresencia en las pantallas gigantes y en el discurso central rozó lo psiquiátrico. Que un grupo político dedique sus minutos más valiosos a proyectar la figura de su principal adversario no es un gesto de cortesía; es la manifestación pública de una profunda fijación.
Lejos de proyectar la unidad monolítica y el poderío que pretendían vender a sus huestes, el evento desnudó las verdaderas preocupaciones que quitan el sueño a la cúpula oficialista. La constante referencia a Galindo Ceballos exhibió la incomodidad que genera un perfil que, a base de gestión y resultados tangibles, logró una reelección histórica y se consolidó como la carta más fuerte rumbo al relevo gubernamental.
La movilización de simpatizantes y trabajadores sirvió únicamente como caja de resonancia para confirmar a quién consideran el verdadero rival a vencer. Cuando tu propia fiesta se organiza para hablar del vecino, queda claro quién domina la agenda.
Esta narrativa del ataque constante, operada tanto en templetes como en campañas mediáticas coordinadas, empieza a surtir el efecto contrario al deseado. En lugar de desgastar la imagen del alcalde, la estrategia de confrontación permanente proyecta una preocupante debilidad e inseguridad interna dentro del proyecto gallardista.
La insistencia en colocar el blanco sobre Galindo delata el temor crudo hacia el año 2027. Mientras el aparato político central parece agotar su energía y sus recursos en contener a un solo hombre y en blindar un esquema de poder que muchos ya catalogan como un intento burdo de perpetuación, la acera de enfrente mantiene una ruta enfocada en la construcción institucional. Al final, el aniversario demostró que la «Gallardía» puede llenar plazas, pero es Enrique Galindo quien les llena la cabeza de dudas.





