«Democratizar la cultura no es solo distribuir lo que unos pocos producen, sino crear las condiciones para que todos puedan participar en la producción, circulación y consumo de los bienes culturales desde sus propios contextos.» — Néstor García Canclini
¿Queremos una política cultural que se reduzca a la espectacularidad efímera de unos cuantos días al año, o una que garantice el derecho a la creación viva en el día a día de nuestros barrios? ¿Hasta cuándo la infraestructura pública de las colonias seguirá funcionando como un cascarón administrativo en lugar de constituirse como un nodo autónomo y libre de creación comunitaria ¿De qué manera podemos hacer que los consejos ciudadanos y los presupuestos de cultura dejen de ser simulaciones de escritorio para convertirse en herramientas vinculantes en manos de las propias comunidades?
Con la bajada de telón de la Feria Nacional Potosina (FENAPO), concluye un ciclo más de esa maquinaria de entretenimiento masivo que tanto gusta a las narrativas oficiales. En esta ocasión, con mayor evidencia que en años anteriores, la gran fiesta estatal volvió a mostrar las costuras de un modelo enfocado más en el espectáculo de gran formato y la rentabilidad política y económica de unos cuantos que en la construcción de una verdadera política cultural ciudadana.
Mientras las luces de la feria se apagan y los presupuestos multimillonarios se liquidan, en el mapa cotidiano de San Luis Potosí persiste la misma interrogante de siempre: ¿dónde queda el derecho a la cultura para los barrios, las colonias y las comunidades periféricas de nuestra capital?
Históricamente, la gestión de la cultura en nuestro estado ha padecido del mal de la centralización. Se ha asumido implícitamente que el hecho cultural requiere de un halo de solemnidad que solo se respira entre los canterales del Centro Histórico o en los grandes recintos de escaparate.
Cuando las instituciones fijan la mirada en las colonias, lo hacen con demasiada frecuencia desde una lógica paternalista, elitista o meramente asistencial. Se abren centros comunitarios o casas de barrio que, si bien cuentan con infraestructura física, terminan funcionando como cascarones administrativos: cerrados los fines de semana, sin presupuesto operativo real para la mediación, y reducidos a talleres esporádicos o a la entrega de apoyos sociales. No laten como centros de creación continua.
Descentralizar la cultura no es simplemente «llevar espectáculos» a la periferia como quien reparte despensas de entretenimiento; democratizar la cultura implica descentralizar la producción, la gestión y el presupuesto.
El teatro y las artes vivas nos ofrecen lecciones históricas invaluables sobre este principio. Cuando Federico García Lorca recorría los pueblos olvidados de la península ibérica con La Barraca, llevando el teatro del Siglo de Oro en la caja de un camión, no buscaba instruir desde una torre de marfil, sino devolverle al pueblo un patrimonio que le pertenecía. Siglos antes, los entremeses cervantinos e incluso la rica tradición de la carpa mexicana demostraron que la experiencia estética cobra su mayor fuerza vital cuando habita la plaza pública, la cancha del barrio o la esquina transitada. Más recientemente, el Teatro Campesino de Luis Valdez demostró cómo el hecho escénico, montado sobre las plataformas de camionetas de pizca en los campos agrícolas, no solo entretiene, sino que organiza, dignifica y transforma el tejido social de una comunidad.
Para que San Luis Potosí transite de la ornamentación institucional a una política pública con arraigo territorial, es indispensable exigir compromisos claros a las autoridades culturales tanto del Gobierno del Estado como del Ayuntamiento capitalino:
Semilleros Creativos y Presupuesto Barrial: Es urgente trascender la lógica de los talleres de dos semanas. Se requieren programas permanentes de formación en artes escénicas, artes visuales, música, literatura y nuevas tecnologías directamente en las colonias. Estos «semilleros» deben contar con recursos garantizados y con la contratación digna de creadores y promotores locales que conozcan la memoria e identidad de cada zona.
Gobernanza y Consejos Ciudadanos Vinculantes: En el ámbito municipal, no basta con la existencia formal de las Juntas de Participación Ciudadana o del Consejo Ciudadano de Cultura. Las iniciativas planteadas por estos órganos deben tener carácter vinculante en la toma de decisiones y en la asignación presupuestal. El próximo Foro de Cultura Municipal debe ser una oportunidad real para trazar directrices normativas e itinerantes, llevando las sesiones del consejo a las delegaciones y centros comunitarios para escuchar y dictaminar desde el territorio.
Circuitos Interbarriales e Infraestructura Viva: Los artistas potosinos de todas las disciplinas deben tener los incentivos y las condiciones técnicas adecuadas para realizar temporadas y residencias en los recintos de los barrios. La ciudad necesita una red movible donde los espectáculos no se concentren en los tres o cuatro teatros de siempre, sino que circulen dinámicamente por la amplia geografía de la capital y sus municipios.
La cultura no es un adorno para los informes de gobierno ni un pretexto para el negocio de temporada. Es un derecho humano fundamental, una herramienta preventiva frente a la violencia y el único vehículo capaz de reconstruir la cohesión social golpeada. Exigir la democratización de sus espacios y presupuestos no es una concesión que debamos agradecer, sino una deuda histórica que las autoridades culturales deben saldar de una vez por todas con la comunidad potosina.
Hasta la próxima





