Para ostentar la lengua larga, hace falta tener la cola corta, un detalle de elemental higiene política que suele olvidarse cuando el ascenso no se construye con votos ni con ideas, sino a punta de codazos, estridencia y lealtad ciega. Hoy, encaramado en la presidencia de la Directiva del Congreso del Estado de San Luis Potosí, el diputado verdeecologista Luis Fernando Gámez Macías pretende lucir traje institucional, aunque el aroma a operador de choque todavía se le escape por las costuras.
El salto de porro reventador al servicio de la gallardía a legislador de corbata no limpia el prontuario; apenas le cambia el escenario. Detrás del discurso de transformación y servicio se esconde una dinastía menor cuya única ideología comprobable es la colonización voraz de las arcas públicas. La familia Gámez Macías convirtió el presupuesto en patrimonio hereditario: hermanos, primos, cuñadas y sobrinos repartidos con generosidad feudal en cuanta ventanilla institucional ha caído bajo su control. Donde ellos pisan, el árbol genealógico florece en nómina.
Ese canibalismo burocrático no es una novedad, sino su método fundacional. Incluso entre las bases que alguna vez le sirvieron de tropa de asalto, el descontento es añejo y amargo. Cuando Gámez Macías administraba dependencias estatales, como su turbio paso por la Comisión Estatal del Agua, el acceso a una plaza laboral venía acompañado de un peaje humillante: el moche descarado. No se trataba de dar trabajo a los suyos, sino de cobrarles piso por respirar en el gobierno. Exigir la mitad del sueldo a los subordinados no era un secreto de pasillo en la CEA, sino una rutina normalizada que cualquier trabajador confirma en voz baja para no perder el sustento.
El mapa del saqueo familiar es amplio y no conoce fronteras burocráticas. Se extienden tentáculos en la nómina municipal de Soledad de Graciano Sánchez, brotan nombres conocidos en la estructura hídrica estatal y reaparecen fichas afines en la delegación de Interapas de su tierra natal. El esquema es siempre el mismo: acomodar a la parentela en los puestos directivos y ordeñar a los de abajo para sostener la maquinaria personal.
Pensar que la presidencia de la Directiva del Congreso domesticará estas mañas es de una ingenuidad suicida. Los hábitos de pandilla no se curan con una medalla legislativa ni con el mazo de sesiones. Al contrario: mayor presupuesto significa una mesa más grande para alimentar a la tribu. En el San Luis Potosí del cinismo oficial, la meritocracia sigue siendo un chiste que solo da risa a quienes cobran puntuales cada quincena sin haber hecho más mérito que compartir el mismo apellido.





