Si como sociedad aceptamos que la ambición política use a las personas cautivas como público cautivo y escenografía viviente, habremos renunciado al mínimo ético de la vida pública.
Si como sociedad aceptamos que la ambición política use a las personas cautivas como público cautivo y escenografía viviente, habremos renunciado al mínimo ético de la vida pública.
Si como sociedad aceptamos que la ambición política use a las personas cautivas como público cautivo y escenografía viviente, habremos renunciado al mínimo ético de la vida pública.