En política, la soberbia suele cobrar facturas caras, y la torpeza legislativa, además genera intereses y recargos. La malograda «Ley Serrano» no solo se convirtió en el tropezón más escandaloso en la carrera de Héctor Serrano hasta hoy, y miren que falta la exhibida que prometió la Presidenta Sheinbaum por el caso L1BRE; el caso fue un reflejo prístino de la improvisación que impera en el grupo político de Ricardo Gallardo Cardona. Vender como reforma lo que a todas luces olía a mordaza contra la libertad de expresión y la crítica pública no fue solo un error de cálculo: fue un despliegue de torpeza táctica que escaló hasta el plano nacional e internacional.
El espectáculo para apagar el fuego rozó el grotesco. Convocada a primera hora y entre sombras, la sesión del Congreso local donde el oficialismo reculó no transmitió control ni responsabilidad institucional. Al contrario: dejó el hedor característico del pánico político. Quisieron aplicar un madruguete —con albazo incluido—, para corregir el entuerto y terminó pareciendo una huída, como si las y los diputados estuvieran escondiendose del abonero. Lejos de cerrar la crisis, la prisa por revertir la reforma exhibió a una bancada que actúa por impulso, sin filtro, diálogo ni rigor técnico previo.
Este episodio desnuda la precariedad de la conducción política del grupo gobernante. Cuando una propuesta tiene que ser desmantelada a las prisas y bajo un telón de circo, la pregunta es inevitable: ¿alguien evalúa los daños antes de presionar el botón de votación en el Pleno, o los consensos se supeditan a las ocurrencias de sus operadores? Serrano terminó como el pararrayos perfecto, asumiendo en soledad el costo del descrédito, pero la mancha salpica directamente a la narrativa de eficacia que el gallardismo intenta vender.
Héctor Serrano enfrenta ahora el reto de operar políticamente con la marca de un fracaso ruidoso a cuestas. Pretender que aquí no pasó nada y que el costo se extinguió con el archivo de la iniciativa es pecar de ingenuidad. Como están las cosas, las percepciones pesan más que los discursos, y el mensaje que quedó grabado es claro: ni la estrategia era tan sólida, ni el control era tan absoluto.





