«—¡Pero si no lleva nada puesto! —exclamó un niño. —¡Escuchen la voz de la inocencia! —dijo el padre. Y la gente empezó a susurrar: —¡No lleva nada! ¡Un niño dice que no lleva nada! ¡No lleva traje! —gritó al fin todo el pueblo. El emperador se estremeció, porque sabía que tenían razón. Pero pensó: “Ahora debo sostener la procesión hasta el final”.»
— Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador
¿Cuántas veces hemos visto al gobernador de San Luis Potosí presidir un concierto de la Orquesta Sinfónica en el Teatro de la Paz? ¿En qué momento se le ha visto atento a una función del Festival Internacional de Danza Contemporánea Lila López o en las jornadas de música barroca? ¿Cuántas veces ha acudido a respaldar el trabajo cotidiano de los creadores potosinos sin que medie de por medio la tarima de un evento masivo o el estruendo de la mercadotecnia electoral?
Fuera de los despliegues de un Xantolo trasladado a la capital y convertido en fiesta de consumo, o de la desmesura de convertir el Centro de las Artes de San Luis Potosí en una pista para un torneo ecuestre, la presencia del mandatario en el ámbito cultural ha sido nula. Un espacio vacío, desprovisto de ideas, de contenido y de un compromiso ético con la comunidad artística. Ricardo Gallardo Cardona encarna a ese gobernante que no suele ni busca disfrutar de la cultura; la observa, acaso, desde una lógica utilitaria o como el chivo expiatorio de una «herencia maldita» que, paradójicamente, su propia administración ha vuelto más lamentable (ver columna de la semana pasada “La SECULT gallardista: la herencia maldita al final del sexenio”).
El fenómeno recuerda de inmediato a la célebre fábula de Andersen. Asistimos a una puesta en escena política donde los costosos sastres del poder confeccionan a diario un traje invisible. Nos pretenden vender la ficción de una «bonanza cultural» sustentada en estadios remodelados para caprichos personales, espectáculos de relumbrón y la inversión multimillonaria en aficiones privadas. Sin embargo, cuando la comunidad artística voltea a ver las tripas de la política pública, la verdad se revela con la crudeza del cuento: el mandatario va desnudo. No hay ropaje estético, no hay proyecto de Estado, no hay visión.
La desnudez es aún más evidente al mirar a sus ejecutores. Tres secretarios de cultura han pasado por la dependencia en lo que va del sexenio sin que entre todos se logre estructurar una sola política digna. Desconocedores del gremio, ajenos al pulso de la creación local, acuden a los recintos sin tener plena noción de dónde están parados, reduciendo la función pública a la simple administración de la vaciedad.
Gobernar la cultura no es un asunto de gustos personales ni una concesión graciosa del gobernante en turno. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (Artículo 27) y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales —respaldados por los criterios de la UNESCO— establecen con claridad que el acceso a la cultura y la protección a la libre creación son derechos fundamentales de la ciudadanía. En el plano local, las propias leyes del Estado obligan al Poder Ejecutivo a garantizar las condiciones mínimas para el fomento, la infraestructura, el presupuesto equitativo y la salvaguarda del patrimonio artístico. Cumplir con estos mínimos requerimientos no es optativo; es un deber constitucional que hoy se pisotea para dar paso a la ocurrencia.
Frente a esta figura ausente, la vida cultural potosina no se detiene. Se sostiene y resiste en las trincheras independientes: en los teatros alternativos, las galerías autogestivas, los centros de escucha, los proyectos coreográficos, las presentaciones de libros y los conciertos que se organizan en una comunidad que crea y promueve con, sin o a pesar de las instituciones.
Que el gobernador no esté presente en los teatros o en los festivales históricos quizás termine por no dolerle tanto a una comunidad acostumbrada a la distancia oficial. Lo verdaderamente lamentable es la huella de desdén que esta administración está dejando. Al final de la procesión, cuando la música de los torneos y las verbenas efímeras se apague, la memoria colectiva recordará a un gobernante ausente y a un régimen que prefirió gastar en espejismos antes que vestir a su pueblo con verdadera dignidad cultural.
Hasta la proxima.





