En la liturgia del poder tunero, la geografía de los asientos importa tanto como el discurso mismo. Quien asiste rinde tributo, quien se sienta en primera fila negocia vigencia, y quien falta manda un mensaje que resuena mucho más fuerte que cualquier aplauso pactado. Durante el reciente informe de la Presidenta Claudia Sheinbaum, el vacío no fue metafórico; tuvo coordenadas muy claras y dejó dos lugares desiertos que evidencian el verdadero calibre de las lealtades .
El primer desplante lleva nombre, apellido y cinco años de campaña. Ruth González Silva, la senadora y consorte del abucheado gobernador volvió a brillar por su ausencia, sumando ya dos años consecutivos esquivando la cita más relevante del calendario oficialista.
El dato resulta demoledor si se contrasta con la puesta en escena: mientras el mandatario estatal desplegó un esfuerzo titánico por congraciarse con Palacio Nacional, vaciando los COBACH, los CONALEP, los CETIS y las oficinas de gobierno, su propia carta de continuidad optó por el desdén. No existen pretextos logísticos ni agendas de comisión que maquillen el desaire. Cuando quien pretende heredar el poder local desprecia de esa forma a la jefa del Estado y líder del movimiento que dicen defender con airosa enjundia, el discurso se vuelve grotesco. Si así trata al proyecto que en teoría busca representar cuando apenas es aspirante, no cuesta imaginar el tono de su eventual autonomía.
El segundo fantasma es igual de pintoresco. Desde Tanquián llegó la otra deserción, cortesía de ese personaje que se desgasta la garganta jurando lealtad a la Cuarta Transformación cada que le ponen un micrófono enfrente. Para posar con el chaleco guinda y colgarse de la marca, es el primero en la fila; pero cuando se trata de pararse en la capital, tragar saliva y cuadrarse ante la jefa del Ejecutivo, se esfuma sin dejar rastro.
Gerardo Sánchez Zumaya no estuvo presente ni para cuidar que un ato de prófugos del anexo le volaran las banderas nuevecitas que le patrocinó al Partido del Trabajo, que dicho sea de paso, anda en las últimas estirando su raquítico presupuesto.
Ambas ausencias responden a orígenes distintos, pero desembocan en el mismo callejón: una alarmante falta de disciplina y una falta de cohesión, por no decir «unidad», que confunde. Creyeron que el desinterés pasaría desapercibido entre la masa de acarreados, legisladores y funcionarios que abarrotaron el recinto. Se equivocaron.
Galindo no estuvo en primera fila, cierto. Pero estuvo. La Presidenta lo vio y se tomó una foto con él. También convivió brevemente con Rosa Icela Rodríguez, la segunda mujer más poderosa de México. Todo cuenta, todo suma.
Al final, demostraron como son: leales de utilería, incapaces de sostener con la agenda lo que presumen en sus peroratas.





