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Política de sombras, pan y mucho circo

Como en el teatro épico de Bertolt Brecht, la tarea del público no es acomodarse en la butaca a contemplar la ilusión, sino romper la cuarta pared, analizar el artificio y transformar la realidad afuera del foro.

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«En un país donde el esperpento es la norma, la comedia y la tragedia terminan por confundirse, y el público, en vez de aplaudir, paga la entrada con su propio destino.» — Dario Fo

¿Hasta cuándo la ciudadanía aceptará seguir siendo la espectadora pasiva de un guiñol político donde el gasto impúdico, la provocación ramplona y la escenificación del conflicto han sustituido por completo a las ideas? La contienda electoral moderna parece haber abandonado el terreno de los proyectos para instalarse definitivamente en el escenario de la farsa.

Las recientes provocaciones registradas en espacios públicos de la capital —donde irrupciones orquestadas y gritos ensayados buscan enganchar a los actores políticos en turno— no son hechos aislados, sino estampas de una comedia de enredos bien calculada. Al más puro estilo del teatro de la farsa que inmortalizó Dario Fo en Muerte accidental de un anarquista, el poder suele valerse del absurdo y del montaje burdo para desviar la atención, sembrar confusión y degradar el debate público. En esta dinámica, el perfil o la trayectoria de los involucrados pasa a segundo término; lo verdaderamente sintomático es cómo la provocación estratégica sustituye a las plataformas de propuesta.

A este circo de bofetadas se suma una dinámica aún más peligrosa: el amedrentamiento y la violencia contra el ejercicio periodístico. Cuando la labor de informar se enfrenta a agresiones físicas, despojo de equipos o intentos de intimidación, se evidencia la tentación autoritaria de recurrir al miedo para silenciar la fiscalización. El uso de la fuerza o el condicionamiento normativo para reprimir a la prensa busca consolidar un clima donde el cuestionamiento sea castigado y la narrativa oficial permanezca intocable.

El trasfondo de esta pirotecnia política encuentra su mejor aliado en los grandes escaparates masivos. Eventos que en su origen pertenecieron a la comunidad como espacios de encuentro cultural o social, terminan reconfigurados como plataformas de ingeniería publicitaria y complacencia de grupos de interés. Bajo el amparo de la opacidad institucional y la postergación de la rendición de cuentas, la fiesta pública se convierte en el vehículo ideal para el dispendio y la autopromoción de quienes buscan perpetuarse o heredar el poder.

Nos encontramos, como en A puerta cerrada de Jean-Paul Sartre, atrapados en un foro donde «los otros» —las élites políticas y sus cajas de resonancia mediática— pretenden cerrar las salidas del debate real para obligar a la sociedad a elegir únicamente entre distintas máscaras del mismo cinismo. La contienda que se avecina amenaza con ser millonaria, encarnizada y desprovista de toda sutileza, con espacios de comunicación que sacrifican la neutralidad analítica en el altar de la conveniencia.

Frente a este panorama, la celebración masiva y el espectáculo de temporada se erigen como la encarnación perfecta de la vieja máxima de «pan y circo»: una puesta en escena diseñada para anestesiar la conciencia crítica, difuminar la discusión sobre la inseguridad o la libertad de prensa, y sustituir la exigencia ciudadana por la pirotecnia. Este modelo no busca el desarrollo democrático, sino garantizar un foro de aplausos fáciles y preguntas sofocadas.

Ante este escenario, la respuesta ciudadana no puede ser el repliegue cínico ni la indiferencia. Es legítimo y hasta necesario disfrutar de la fiesta y del espacio público —el goce comunitario también nos pertenece—, pero sin permitir que el entretenimiento se convierta en anestesia. Como propuesta de resistencia ética, la sociedad debe asumir un papel activo:

  • Separar el espectáculo de la gestión pública: Disfrutar del evento masivo no exige aplaudir la opacidad ni validar el uso propagandístico de los recursos de todos.
  • Exigir propuesta sobre provocación: Castigar con el desdén y el contraste crítico a quienes basan su campaña en el montaje o la agresión, premiando la altura del debate programático.
  • Respaldar a la prensa independiente: Consumir, verificar y defender el trabajo periodístico que fiscaliza al poder, entendiendo que sin libertad de expresión el teatro se vuelve calabozo.
  • Ejercer el rigor en la fiscalización: Exigir transparencia en el gasto festivo y electoral, recordando que cada peso volcado en la pirotecnia publicitaria es un peso restado a los servicios y la seguridad básica.

Como en el teatro épico de Bertolt Brecht, la tarea del público no es acomodarse en la butaca a contemplar la ilusión, sino romper la cuarta pared, analizar el artificio y transformar la realidad afuera del foro. Porque la farsa política solo se sostiene mientras el espectador olvida que el escenario, las luces y el teatro entero, en verdad, le pertenecen.

Hasta el próximo martes.

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