El fallecimiento de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano a los 92 años marca el cierre biológico del personaje que dinamitó el monopolio del partido de Estado y obligó a abrir, a contracorriente, las compuertas de la transición democrática en México.
Hijo del general Lázaro Cárdenas, el ingeniero no se limitó a heredar el peso de un apellido legendario en la historia nacional; entendió el agotamiento del modelo autoritario priista en la década de los ochenta y encabezó la ruptura interna que terminaría por cambiar el mapa de poder del país para siempre.
La elección federal de 1988 constituyó su punto de inflexión y una herida abierta en la memoria política nacional. Al frente del Frente Democrático Nacional y cobijado por una movilización ciudadana sin precedentes, Cárdenas desafió la maquinaria electoral del PRI en los comicios marcados por la histórica «caída del sistema» que ungió a Carlos Salinas de Gortari.
Pese a la indignación social y el reclamo de fraude masivo, optó por evitar la insurrección civil armada y canalizó el descontento hacia la vía pacífica, fundando en 1989 el Partido de la Revolución Democrática (PRD), instituto que aglutinó corrientes socialistas, comunistas y disidentes para competir formalmente en las urnas.
Esa tenacidad institucional rindió frutos en 1997, cuando se convirtió en el primer Jefe de Gobierno electo del entonces Distrito Federal, arrebatando a la Presidencia el control directo de la capital y legitimando la viabilidad de la izquierda como opción de gobierno.
Aunque compitió por la Presidencia en tres ocasiones (1988, 1994 y 2000) sin alcanzar la banda presidencial, su papel como arquitecto electoral sentó las bases para la creación de órganos electorales autónomos y abrió la ruta por la que transitaron las alternancias posteriores.
En sus últimos años, Cárdenas mantuvo una distancia crítica frente a las derivas partidistas. Tras renunciar formalmente al PRD en 2014 al acusar la pérdida de principios y la cooptación de sus cúpulas, observó con sobria reserva el auge de nuevas fuerzas hegemónicas, cuestionando la concentración de facultades y defendiendo la soberanía energética y la división de poderes sin alinearse ciegamente a los discursos oficiales.





