Hay escenas políticas donde la cortesía deja de ser prudencia para convertirse abiertamente en sumisión. Lo atestiguado en Huehuetlán durante el reciente encuentro magisterial no fue un simple malentendido de protocolo ni una anécdota menor de la gira Huasteca. Fue, lisa y llanamente, una humillación en plaza pública ejecutada con frialdad quirúrgica y consentida con una pasividad que raya en lo desconcertante.
Elí Cervantes, investido con la retórica de un supuesto peso territorial y arropado al final por coros que lo aclaman como coordinador, aceptó ser desterrado del presídium por órdenes de los enviados del gobierno estatal.
El guion pretendió vestirse de prudencia diplomática. Cervantes alegó en su mensaje posterior que se retiraba para no enturbiar la fiesta de los maestros indígenas, como si el sacrificio voluntario de su dignidad política fuera un gesto de nobleza. Sin embargo, el video no documenta un acto de entereza, sino una claudicación en tiempo real.

Bastó la mirada ceñuda y la incomodidad evidente de los secretarios de Educación y Cultura del gabinete estatal para que el Coordinador Estatal de Morena doblara las manos y bajara del templete sin cruzar una sola objeción que hiciera valer la invitación del presidente municipal Ramón Ramón Martínez Avitud. Quien no es capaz de sostener su lugar en una tarima frente a la burocracia local difícilmente podrá encabezar las batallas estructurales que promete dar frente a las cúpulas.
Resulta casi cómico el empeño posterior por encuadrar el bochorno dentro de una gesta revolucionaria. Frente a la cámara, buscando el refugio de los árboles y la tranquilidad de la posproducción, Cervantes recita que las alianzas se tejen con el pueblo y que San Luis Potosí no es herencia de nadie.
La oratoria suena inflamada, pero llega demasiado tarde. El coraje que le faltó arriba del escenario para encarar la prepotencia del Partido Verde le sobró minutos después frente al lente de su teléfono. Es la clásica bravata de vestidor: callar dócilmente cuando el adversario te arrebata el micrófono y vociferar dignidad una vez que ya estás fuera del alcance del reflector.
El remate de la comparsa no desmerece el despropósito. Los gritos de «¡coordinador!» que su séquito corea al final buscan vender la imagen de un prócer aclamado por las bases, cuando en los hechos acababa de ser desalojado de una tarima oficial sin meter las manos.
Un coordinador de papel que permite que le señalen la puerta de salida en su propia casa y que confunde agachar la cabeza con caminar con la frente en alto. La Huasteca suele cobrar caro la blandura; tolerar el atropello y luego presumirlo como templanza cívica no es estrategia política, es apenas el triste consuelo de quien se descubrió prescindible.





