Estar en política no garantiza saber figurar. En la visita de Claudia Sheinbaum a San Luis Potosí, Enrique Galindo entendió el libreto a la perfección: no acudió a hacer bulto, sino a operar su propia vigencia. Al ubicarse en la órbita directa de Rosa Icela Rodríguez y las cúpulas federales, el alcalde capitalino exhibió una interlocución que hoy incomoda a más de uno en Palacio de Gobierno. Galindo leyó la plaza nacional mientras el oficialismo local se enredaba en sus propios cálculos.
Las ausencias pesaron más que el protocolo. El vacío de Ruth González Silva no admite lecturas ingenuas ni justificaciones de agenda. Tratándose de la carta visible para extender el proyecto de Ricardo Gallardo Cardona, faltar a la cita con el poder central raya en el error estratégico o en la soberbia prematura.
En un plano secundario quedó la omisión de Gerardo Sánchez Zumaya, pero el desplante de la senadora exhibió una fractura evidente: la sucesión dinástica prefiere atrincherarse antes que medirse en el terreno institucional.

Ahí radica la contradicción medular del régimen potosino. Quienes construyeron su narrativa dinamitando a la llamada «Herencia Maldita» hoy pretenden empujar una continuidad con el mismo sello consanguíneo. El discurso anticorrupción se estrella contra la tentación del nepotismo puro y duro. Galindo amplía sus márgenes de maniobra tejiendo puentes con Morena, mientras el gallardismo se repliega hacia una mesa familiar que ya no disimula sus intenciones dinásticas.
El remate de la jornada corrió por cuenta del propio gobernador, cuya ocurrencia de equiparar a la presidenta con Luis Miguel despojó al acto de cualquier peso institucional.
Confundir la zalamería de plaza con oficio político describe el momento: mientras unos construyen alianzas en las grandes ligas, otros reducen el Estado a un espectáculo doméstico creyendo que el apellido bastará para retener el poder. La fotografía del día no mintió: retrató a quien sabe moverse en la mesa y a quienes creen que la mesa les pertenece por decreto.





