El circo político que se vive en San Luis Potosí ha encontrado su nuevo acto de cuasicomedia en la Huasteca, una región que históricamente ha devorado ambiciones mal calculadas. La reciente filtración de una llamada telefónica entre Gerardo Sánchez Zumaya, el diputado panista David Azuara, el volátil José Luis Romero Calzada “Tecmol” y el periodista local Samuel Roa, es mucho más que un simple chisme de lavadero o un burdo intercambio de peroratas y reclamos. Es, en realidad, la radiografía exacta de un sistema que empieza a agrietarse desde adentro, donde la cacareada disciplina que presume el palacio de gobierno se revela como lo que siempre fue: un pacto de conveniencias con fecha de caducidad.
Lo verdaderamente alarmante de este episodio de chantajes y acusaciones mutuas no es el tono arrabalero de los implicados, sino la aterradora promiscuidad ideológica que exhibe. Al ciudadano de a pie se le vende la ilusión de una lucha democrática entre marcas personales, partidos y hasta ideales, pero la realidad los muestra a todos revueltos en la misma cama.
¿Qué hacen compartiendo complicidades un supuesto morenista indomable como Sánchez Zumaya, un colgado del panismo verde como Azuara y un camaleón del partidismo como el Tecmol? La respuesta es tan ácida como evidente: la Huasteca se ha convertido en un territorio sin ley política, donde el control férreo que el gobernador Ricardo Gallardo presume tener es apenas un bonito mito para el aplauso fácil.
En el centro de este desorden destaca la figura del Tecmol. Romero Calzada, un personaje que ha brincado de siglas con la misma ligereza con la que cambia de banqueta, funge hoy como el flamante operador del Partido Verde con la mira puesta en el 2027. Sin embargo, su participación en esta mesa de negociaciones secretas exhibe una llamada de atención en Palacio de Gobierno.
Resulta casi esquizofrénico que, mientras por un lado viste la camiseta del oficialismo gallardista, por el otro teja redes e intereses con Sánchez Zumaya, un actor que se ha posicionado como el adversario más estridente y frontal del propio mandatario estatal.
Esta flagrante contradicción no es un hecho aislado, sino el síntoma de una enfermedad más profunda. La lealtad en la política potosina actual es una mercancía devaluada que se rompe al primer amago de tormenta o en cuanto un proyecto personal se ve amenazado. El Tecmol opera para el Verde, pero pacta con el enemigo; jura fidelidad al proyecto estatal, pero coquetea con la disidencia.
Al final del día, este suceso deja una pregunta incómoda flotando en el aire potosino: si en la Huasteca las estructuras del gobernador juegan a dos bandas de manera tan descarada, ¿cuántos operadores más en el resto del estado estarán simulando obediencia mientras preparan la traición para el próximo tren electoral?





