“Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho.” —
Fidel Castro, Palabras a los intelectuales (1961), premisa que detonó el Caso Padilla
¿En qué momento la bandera de las causas nobles se convirtió en el pretexto ideal para exigir silencio?
La memoria política suele ser frágil, pero la historia local se encarga de recordarnos los peligros del autoritarismo. En San Luis Potosí conocemos bien ese peso: la infame Ley Serrano marcó un precedente penoso al atentar directamente contra la libertad de prensa e intentar encarcelar a comunicadores independientes. Fue la muestra palmaria de un poder local que le temía a la palabra sin ataduras.
Hoy, la amenaza a la libertad de expresión en México no siempre viste de decreto punitivo ni de censura explícita. Se manifiesta de una forma más sutil, pero igualmente destructiva: la estigmatización, el ninguneo y la construcción de una verdad única. No hace falta clausurar un periódico cuando desde la tribuna pública se puede señalar, etiquetar e invalidar a diario a cualquiera que cuestione el libreto oficial.
Esta estrategia no es nueva; forma parte de una vieja tradición donde los regímenes que se ostentan como defensores del pueblo terminan sofocando a sus propios críticos. El histórico Caso Padilla en la Cuba de los años 70 dejó al descubierto esa trampa: el poeta Heberto Padilla fue encarcelado y forzado a una autoinculpación pública por el simple delito de escribir versos que incomodaban al relato oficial. Bajo la premisa de que «criticar al proyecto es alinearse con el enemigo», se canceló el pensamiento diverso en nombre de la causa.
En el México de hoy no vemos violencia de Estado ni prisiones para poetas, pero sí experimentamos una variante de ese absolutismo moral. Se utilizan las demandas sociales y la cultura como un adorno retórico en el discurso, mientras en los hechos se ignora a las víctimas, se descalifica el trabajo periodístico y se le niega cabida al disenso. Se abraza la causa para la fotografía, pero se desprecia el diálogo real.
En la dramaturgia contemporánea, la obra La muerte y la doncella de Ariel Dorfman explora precisamente ese abismo: la tensión entre la búsqueda de la verdad y la tentación de imponer una narrativa conveniente desde el poder para no desestabilizar «la transición». La obra nos recuerda que cuando una sociedad decide callar las incomodidades en aras de un supuesto bien mayor, termina administrando la injusticia.
En el teatro, como en la democracia, el monólogo prolongado adoctrina y fatiga; lo que le da pulso y verdad al escenario es el conflicto, la réplica y la coexistencia de miradas distintas. Estemos o no de acuerdo con la postura de un medio o un analista, el ejercicio democrático no consiste en exigir coincidencias absolutas con el gobernante en turno, sino en defender el derecho de la ciudadanía a comparar, dudar y decidir por sí misma.
No se trata de ponernos de un lado o del otro del espectro político ni de caer en maniqueísmos ideológicos. La libertad de decir y de cuestionar al poder —sea del signo que sea— es una trinchera ciudadana irrenunciable. Frente a la tentación del dogma y la lista negra, la única respuesta posible sigue siendo el coro plural, crítico y desobediente.
Hasta la próxima.





