“Hi, I’m Johnny Knoxville, and welcome to Jackass!”. Para cualquier persona que haya crecido en la transición del milenio, escuchar esas palabras acompañadas por el rasgueo acústico de Corona de Minutemen no es solo la introducción a un programa de televisión; es un pasaje directo a la nostalgia más pura. Lo que comenzó en el año 2000 como un puñado de patinadores, dobles de acción y excluidos mal portados, filmándose con cámaras caseras se ha convertido, veintiséis años después, en uno de los documentos humanos sobre el envejecimiento y la amistad más conmovedores y extraños de la historia de los medios masivos.
Con el reciente estreno en cines de la emotiva y crepuscular Jackass: Best and Last (2026) —la quinta y definitiva entrega cinematográfica dirigida por Jeff Tremaine y producida junto a Spike Jonze y Johnny Knoxville— la franquicia cierra un ciclo de risas, fracturas, caca, meados y golpes, todo puesto al servicio del entretenimiento. Con un presupuesto de 10 millones de dólares y un merecido 89% de aprobación crítica en Rotten Tomatoes, la película no es solo un desfile de acrobacias absurdas; es la carta de despedida de una hermandad que salvó a toda una generación de marginados e inventó, sin quererlo, el lenguaje de la contracultura moderna.
1. El refugio de los «inadaptados»: el salvavidas de la alienación millennial
Para entender por qué Jackass caló tan hondo en la juventud de los primeros años de la década de 2000, hay que mirar más allá de la obviedad del humor de ver a un puñado de gringos blancos pateándose en los huevos. El show emergió en pleno auge del optimismo corporativo neoliberal y de una burbuja de riqueza de clase media en los Estados Unidos. Se suponía que los jóvenes de la Generación X y los primeros millennials debían encajar perfectamente en el molde: estudiar, graduarse, ponerse un traje y convertirse en obedientes engranajes de la economía, que en ese entoces atravesaba por los grandes cambios de la tecnología y la superconectividad del Internet.
Jackass fue el «no» más ruidoso y divertido a esa expectativa de vida. En lugar de abrazar la sobriedad meritocrática, un grupo de chicos suburbanos demostró que se podía alcanzar el éxito, la fama y, sobre todo, el afecto genuino simplemente manteniéndose como niños de por vida, patinando por las calles y arrojándose contra arbustos en carritos de supermercado.
Para los adolescentes que no encajaban en el molde de la popularidad, los que pasaban las tardes en los parques de skate sintiéndose intrusos en su propia sociedad, o los nerds pragmáticos que no comulgaban con el sistema de calificaciones, el elenco del programa era un reflejo directo. No eran estrellas inalcanzables de Hollywood; eran los payasos de clase, los rebeldes sin causa del vecindario, chicos accesibles con los que cualquiera podía identificarse.

En su esencia, Jackass fue una celebración cuasipoética sobre «encontrar tu tribu». Juntó a dos polos creativos igual de marginados: por un lado, los redactores y fotógrafos gamberros de la revista underground de skate Big Brother en California, como Johnny Knoxville, Chris Pontius y Dave England; por el otro, el CKY Crew de West Chester, Pensilvania, liderado por Bam Margera y Ryan Dunn, quienes grababan videos caóticos y bromas pesadas en VHS. Al fusionarse, crearon un espacio donde los defectos, las excentricidades y las vulnerabilidades no eran motivo de burla cruel, sino las similitudes que —como si fuera sangre— te unen a tu familia.
En ese ecosistema indómito, las etiquetas sociales que imponían «popularidad» simplemente se evaporaban. No importaba si eras obeso como Preston Lacy, si eras una persona con enanismo como Jason «Wee Man» Acuña, si venías de la precariedad absoluta como Steve-O, si eras un extranjero excéntrico como Loomis Fall, el blanco constante de los golpes más duros como Ehren McGhehey, o sencillamente el payaso del grupo como Dave England. En la corte de estos bufones modernos, el único requisito de admisión era la disposición absoluta de entregar el propio cuerpo al humor colectivo. Era una ofrenda física desinteresada a cambio de la cual el grupo te pagaba con la única moneda que de verdad importaba: una lealtad a prueba de fuego y una hermandad incondicional.

Para quienes crecimos habitando los márgenes —los eternos excluidos, los raros, aquellos que simplemente nunca logramos encajar en las estrechas plantillas de la normalidad adolescente—, sintonizar el programa cada semana era mucho más que un escape cómico. Ver cómo esos lazos de amor platónico y complicidad traspasaban la pantalla se convirtió en un salvavidas emocional. Cada carcajada y cada abrazo tras una caída no eran solo un chiste; eran una palmada en la espalda, un mensaje de esperanza silencioso que nos decía que, en algún lugar allá afuera, también había un espacio para los desadaptados como nosotros.
2. El cuerpo abyecto como arma: Contracultura, post-9/11 y la deconstrucción de la masculinidad
Pocos productos de la cultura pop masiva han desafiado de manera tan radical los cimientos de la masculinidad hegemónica como Jackass. Mientras la televisión de inicios de los 2000 estaba saturada de una homofobia casual y de arquetipos masculinos estoicos, agresivos y distantes, Knoxville y su banda operaban bajo dinámicas de una intimidad desarmante. Los integrantes del elenco exponían sus cuerpos desnudos, golpeados y decorados sin ninguna clase de ansiedad defensiva de «macho» o comentarios de distanciamiento homofóbico.

En Jackass, los hombres se asustan, lloran, gritan y se abrazan constantemente. El dolor físico nunca se utilizó para demostrar superioridad o dominio sobre el otro, sino como un sacrificio voluntario destinado a provocar la risa de los amigos. Tras recibir una descarga eléctrica o ser embestido por un animal, la respuesta del grupo nunca era la humillación degradante; era correr a abrazar al caído, levantarlo entre risas y besarlo en la mejilla o en la boca como una muestra sincera de afecto. Es, en palabras de la teoría queer contemporánea, un espacio de afectividad masculina libre de censura y de las asfixiantes dinámicas de competencia de la sociedad moderna.
Esta transgresión corporal también funcionó como un potente analgésico espiritual tras el trauma colectivo del 11 de septiembre de 2001. En un Estados Unidos sumido en la paranoia nacionalista, discursos securitarios y un entretenimiento de masas cada vez más pulcro y estéril, Jackass ofreció una válvula de escape contracultural. Mirar directamente al desastre, confrontar el dolor físico mediante el absurdo y reírse a carcajadas de la propia fragilidad biológica, permitió a millones de jóvenes canalizar la angustia existencial de una era violenta. El desprecio lúdico por la autoridad y las instituciones morales —como el recordado segmento de Chris Pontius vestido de diablo gritando a los transeúntes en la vía pública— demostraba que las restricciones de la sociedad «respetable» eran absurdas frente a la cruda e innegable verdad de nuestra propia naturaleza animal.

3. Del VHS a TikTok: el origen del «Do-It-Yourself» que internet mercantilizó
Es imposible entender el auge de YouTube, TikTok o la actual cultura de «creadores de contenido« sin el camino pavimentado por Jackass. Grabados originalmente con videocámaras domésticas Sony MiniDV de baja resolución, los sketches de las primeras temporadas tenían una textura de video casero sumamente íntima. No había escenarios perfectos, ni iluminación profesional, ni guiones complejos. Su estética «Do-It-Yourself» (Hazlo tú mismo) enviaba un mensaje poderoso a los adolescentes del mundo: tú también puedes tomar una cámara y hacer esto en tu patio, en la calle frente a tu casa, o como en mi caso, en las pendientes del Parque Tangamanga.
Sin embargo, a diferencia de los influencers de bromas virales que saturan las redes sociales en la actualidad, Jackass poseía un ingrediente secreto e imitable: la empatía ética del payaso. Mientras que muchos «creadores» modernos realizan montajes ensayados y previamente acordados, o peor aún, bromas pesadas e intrusivas sobre ciudadanos comunes que no han dado su consentimiento —escondiéndose cobardemente detrás de su equipo de seguridad cuando las cosas salen mal—, el colectivo de Knoxville siempre asumió el papel de la víctima de sus propios chistes. El blanco de la agresión física y de la humillación eran ellos mismos. Ellos ponían el cuerpo, ellos sangraban y ellos se ridiculizaban ante el mundo, liberando a los transeúntes de cualquier malicia y convirtiendo el sufrimiento autoinfligido en un acto de generosidad cómica.

4. ‘Best and Last’ (2026): El ocaso biológico de los bufones sagrados
Para la generación que crecimos junto a ellos, ver Jackass: Best and Last en 2026 es una experiencia profundamente conmovedora. La película decide no esquivar las marcas del tiempo; las abraza con orgullo y una inmensa melancolía alegre. Los jóvenes temerarios que esquivaban toros en el año 2000, hoy son hombres en sus cincuentas con canas en el cabello, prótesis dentales y cicatrices imborrables que narran un cuarto de siglo de locura compartida.
El paso del tiempo ha transformado la naturaleza del show. Tras sufrir dieciséis conmociones cerebrales a lo largo de su trayectoria, Johnny Knoxville tiene prohibido médicamente someterse a traumas físicos graves o interactuar con animales salvajes, asumiendo en esta entrega el papel de presentador o «director de pista». Esta fragilidad física obligó a Jeff Tremaine a diseñar retos adaptados a la realidad biológica de sus protagonistas: desafíos basados en laxantes, colonoscopias en pantalla y exámenes de próstata ejecutados por el torpe robot humanoide «1W Larry».

En medio de las risas escatológicas inevitables, la película funciona como un cálido memorial. Rinde tributo al querido y fallecido Ryan Dunn —quien perdió la vida en un trágico accidente en 2011— y evoca la nostalgia de aquellos años dorados a través de metraje inédito y tomas descartadas de sketches icónicos. El gran ausente en el set de acrobacias físicas es Bam Margera, cuya turbulenta andadura personal y disputas legales con la productora limitaron su aparición únicamente a imágenes de archivo, un recordatorio de que vivir al límite también deja profundas heridas emocionales en el camino.

La secuencia final de Best and Last es una de las metáforas visuales más hermosas de la saga: los miembros históricos de la tripulación se suben una última vez a un carrito de compras gigante, atravesando un pasillo de detonaciones pirotécnicas para terminar cayendo por una colina mientras destruyen un letrero que reza «The End». Es la consagración de su propia mitología: viejos amigos cayendo juntos, riendo de cara al desastre.
El valor eterno de haber compartido el dolor
Al final del día, Jackass demostró algo que nuestros padres, maestros y en si la «sociedad» tardó o incluso nunca comprendió: que el ser humano alcanza su mayor cota de autenticidad y belleza cuando no intenta mantenerse perfecto, higiénico o productivo para el sistema, sino cuando se entrega de manera voluntaria al ridículo, a la vulnerabilidad y al dolor en complicidad con las personas que ama, no por el valor de las risas o incluso del dinero, sino porque justamente esa «humanidad al desnudo» aplica de igual manera y con las mismas condiciones para todos.
A través del sudor, la sangre y las risas histéricas compartidas en pantalla, esos Jackass nos regalaron a los marginados del mundo un mensaje de libertad absoluta. Crecieron ante nuestros ojos, se rompieron los huesos por nosotros y nos enseñaron que envejecer es inevitable, pero que madurar y renunciar a la niñez del corazón es siempre una opción que se puede rechazar con una sonrisa y una patada en los huevos. La enseñanza es simple: «if you gonna be dumb, you gotta be tough» (si vas a ser estúpido, tienes que ser duro).
Gracias por las risas, pendejos. Nos dolió (casi) tanto como a ustedes.






